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Fotografía y vídeo de boda en Masía El Teular, Sueca: María & Chema
ritual del vino y una fiesta con música en directo.

Este reportaje de boda es un ejemplo de nuestro trabajo como fotógrafos y videógrafos en Masía El Teular, Sueca. Puedes ver más bodas en este espacio en nuestra guía de bodas en Masías de Valencia o descubrir otros reportajes de boda reales contados sin poses raras y con emoción de la buena.

Hay bodas que no se entienden mirando solo a los novios. Hay que escuchar a su gente. Y la boda de María & Chema en Masía El Teular, Sueca, fue exactamente eso: una historia contada por quienes los han visto crecer, liarla, cuidarse, hacerse adultos y llegar hasta aquí con una naturalidad preciosa. La ceremonia arrancaba hablando de caminos, de esa tierra entre Miramar y Alfafar que acababa llevando a los dos hacia Valencia, y desde ahí todo tuvo sentido: no era una boda montada para parecer perfecta, era una boda construida con nombres, recuerdos, bromas privadas y mucho amor del que no necesita ponerse solemne para emocionar. Ellos ya lo habían dicho antes: querían estar tranquilos, felices, ver feliz a su gente y darlo todo. Y eso fue lo que pasó. Conversaciones bonitas, abrazos, bailes desenfrenados y una sensación muy clara: aquí nadie estaba haciendo un papel. Aquí todos sabían exactamente a quién estaban celebrando.

CERVEZAS EN BENIMACLE

La historia de María & Chema empezó como empiezan muchas historias buenas: de cervezas en Benimaclet. Sin fuegos artificiales, sin plano de película, sin frase preparada. María contó que de Chema le enamoró que era gracioso, travieso, buena persona y “guapo como él solo”; Chema, por su parte, decía que María era risueña, generosa, trabajadora y que le acompañaba en sus travesuras. Ahí ya estaba medio guion escrito. Porque cuando dos personas se reconocen en esa forma de vivir —viajar, cuidar la casa, querer a la familia, disfrutar de los planes pequeños y de los grandes— lo demás no se fuerza. Se va haciendo. Ellos hablaron de “poner las luces largas” en el coche de sus vidas cuando se comprometieron, y me parece una imagen brutal para explicar lo suyo: no correr por correr, sino mirar lejos juntos, sabiendo que el camino tiene curvas, risas, paciencia y alguna que otra locura compartida.

Como fotógrafos de boda en Valencia, hay días en los que notas enseguida que la cámara no tiene que empujar nada. Solo estar atenta.

Y hablando de locuras: la pedida de Chema en Córdoba merece capítulo propio. El plan inicial era pedirle matrimonio a María en el Mihrab de la Mezquita de Córdoba, que ya de por sí tenía toda la épica. Pero María, muy María, decidió que no hacía falta volver a ver la Mezquita porque ya habían ido muchas veces. Planazo al garete. Chema tuvo que improvisar y acabó pidiéndole matrimonio en la habitación 316 del Eurostars Palace, a las 7 de la mañana, el día del cumpleaños de María, después de llevar despierto desde las 5 dándole vueltas. Y mira, igual no fue el plan previsto, pero fue mucho mejor: fue real. De esos momentos que no salen perfectos porque estén calculados, sino porque tienen verdad. Y esa verdad apareció luego en los detalles de la boda: los arcos de la Mezquita en las invitaciones, las flores, los limones y el vino como hilos conductores de una celebración que hablaba de ellos sin necesidad de explicarlo demasiado.

Ese Chema de paraguas y botas “a juego” en Oxford

La ceremonia la llevaron Santi y Gracia, amigos de los novios, y eso se notó desde el minuto uno. No estaban allí para leer cuatro frases bonitas y salir del paso. Estaban allí porque forman parte de la historia. Antes de los votos, fueron dando paso a personas importantes: Manuela, amiga de Chema desde aquellos 17 años y aquel mes aprendiendo inglés en Oxford; Ángela, amiga de María desde la universidad en Castellón; Gabi, compañera de piso de María durante siete años; Julia, compañera de piso de Chema en Trieste y amiga de Erasmus; y el propio Santi, que acabó dejando una de las frases más redondas del día. La ceremonia tuvo esa mezcla que solo funciona cuando la gente habla desde dentro: risas de “esto solo lo entendemos nosotros”, emoción de la buena y ese punto de vergüenza ajena maravillosa que hace que una boda sea vuestra y no una plantilla sacada de internet.

Manuela abrió la caja de anécdotas de Chema y ya no hubo vuelta atrás. Contó cómo se conocieron con 17 años en Oxford, cómo Chema podía dejarte en una parada de autobús con un “nos vemos en el metaverso” si no encontrabas el bonobús, cómo una merienda podía acabar “casualmente” en el supermercado donde él quería comprar, o cómo enseñó Valencia a Manuela como si al día siguiente se acabara el mundo. También apareció ese Chema de paraguas y botas “a juego” en Oxford, aunque el daltonismo quizá tenía otra opinión, y hasta una estampida virtual de elefantes en WhatsApp con Alba y María para tapar un mensaje de esos que hoy se borrarían en dos segundos. Pero debajo de todas esas bromas había algo más importante: Manuela había visto nacer el amor entre María y Chema, cómo se miran, cómo se ríen, cómo hacen convoy y cómo son imparables. Y eso, contado por una amiga que los conoce desde antes de que todo esto existiera, vale oro.

Ángela contó a María desde otro sitio: desde la universidad, desde la amistad elegida. Recordó aquel primer día en Castellón, cuando llegó más sola que la una y escuchó a una chica leyendo en voz alta sin aclararse demasiado en castellano. Era María, que pensaba que tenía que leer en valenciano y acabó traduciendo sobre la marcha. Marieta, Anita y Claudieta, algún jueves universitario demasiado bien aprovechado, una resaquilla en clase y un “vámonos fuera y que te dé el aire” fueron el principio de una amistad de las que no se quedan por costumbre, sino por elección. Ángela lo dijo de una forma preciosa: las amistades de la universidad son de verdad porque eliges quedarte, cuidar y estar. Y con el tiempo, esa María que siempre estaba se convirtió en “ellos”, porque Chema no solo entró en la vida de María, también entró en la suya. Tanto que llegó a sentirse como “vuestra hijita” en conciertos y viajes. Ahí está otra de las claves de esta boda: María & Chema no han construido una pareja cerrada, han construido una casa con las puertas abiertas.

Gabi y Julia terminaron de dibujar esa casa desde dos esquinas distintas. Gabi habló de María como esa persona que cuida, suma y hace de su casa la tuya; recordó siete años compartiendo Castelló, Valencia, pandemia, la Fallera Calavera, el final de Merlí soltado antes de tiempo —María, eso no se hace— y todos esos lugares y rutinas que para los demás son nombres sueltos, pero para ellas son vida. Y luego contó cómo llegó Chema: casi sin hacer ruido, como llegan las cosas importantes, pero quedándose para siempre. Julia, desde la historia de Chema en Trieste, trajo otro Chema igual de auténtico: el que hablaba “itañol”, el que avisaba desde el pasillo para no salir de la habitación mientras ponía la lavadora antes de ducharse, el que cocinaba a las siete de la mañana con ajo y cebolla como si aquello no fuese una tortura para el resto del piso. También nombró a Concha y José, que muchas veces le abrían la puerta de casa, y a ese Chema dulce, espontáneo y presente que, cuando le habló de María, llevaba literalmente corazones en los ojos. Y claro, cuando Julia conoció a María, lo entendió todo: dos personas auténticas, generosas y llenas de vida habían encajado sin hacer ruido, pero de una forma enorme.

Y entonces llegó el ritual del vino, uno de esos momentos que explican una boda sin tener que decir demasiado. María y Chema guardaron en una caja una botella de vino y las cartas que se habían escrito el uno al otro, con la idea de abrirlas en un futuro, cuando la vida apriete o cuando simplemente necesiten volver a recordar por qué empezó todo. No fue un detalle bonito puesto para la foto. Fue una declaración de intenciones: seguir cuidándose, escuchándose y volviendo al mismo sitio cada vez que haga falta.


Por eso esta boda en Masía El Teular tuvo tanto sentido. Porque no solo había un jardín precioso o una finca bonita para casarse en Valencia; había un escenario donde pasaron cosas de verdad: votos con alma, amigos contando anécdotas reales, familia emocionada, música en directo y una fiesta que arrancó ya desde el cóctel. Y por eso este reportaje encaja dentro de nuestras bodas reales: porque ser fotógrafo de boda en Valencia no va solo de hacer fotos bonitas, va de escuchar lo suficiente como para saber qué historia estás contando.

Además del reportaje de boda, muchas parejas buscan completar la experiencia con detalles divertidos para sus invitados. En este caso, el photocall fue una parte muy especial de la celebración, creando recuerdos espontáneos y momentos llenos de risas. Puedes conocer más sobre este tipo de experiencia en la página de Photo Friends, nuestro servicio de photocall para bodas y eventos.

Un abrazo,
Israel — Va de Novias

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